Precio, calidad y valor en el mercado de la guitarra clásica II

 



Precio, calidad y valor en el mercado de la guitarra clásica (Parte II)


Por Jorge Lay Herrera: constructor de guitarras - investigador - autor.

Spanish:

Parte 2

Desinformación y mitos en torno a la guitarra clásica y su valor

La falta de información rigurosa sobre la guitarra no se limita a los estudiantes; también puede encontrarse entre guitarristas profesionales con amplia experiencia interpretativa. El conocimiento especializado de la ejecución no implica necesariamente un dominio equivalente de la acústica, los materiales, los sistemas constructivos o los criterios técnicos que permiten evaluar objetivamente una guitarra clásica y menos para asignar un precio. En este contexto, determinados mitos, creencias transmitidas oralmente y lo que podría denominarse “leyendas urbanas” de la guitarrería pueden adquirir una apariencia de verdad simplemente por su repetición dentro de la comunidad. Esto puede conducir a generalizaciones -por ejemplo, sobre determinadas maderas, técnicas constructivas, sonidos o supuestas cualidades de ciertos instrumentos- que no siempre están respaldadas por evidencia suficiente. El problema no es la existencia de opiniones diferentes, que son legítimas en un campo tan complejo, sino que una opinión termine presentándose como una posibilidad superior sin haber sido contrastada. Esta situación facilita que algunos guitarristas descalifiquen a constructores o instrumentos a partir de impresiones, prejuicios o afirmaciones heredadas, sin disponer de argumentos acústicos, constructivos o comparativos suficientes para sustentar sus juicios. Un mercado más maduro requiere, por tanto, que incluso los profesionales se capaciten en torno a la organología del instrumento y desarrollen una actitud crítica frente a sus propias certezas y distingan entre experiencia personal, tradición, opinión y conocimiento técnicamente fundamentado sobre la guitarra clásica.

Existe, asimismo, una posición recurrente entre determinados ejecutantes que sostienen que “un buen guitarrista puede hacer sonar cualquier guitarra clásica, independientemente de su precio o procedencia”. Esta afirmación puede contener una parte de verdad desde la perspectiva de la competencia técnica del intérprete, pero resulta insuficiente para explicar la totalidad de la relación entre músico, instrumento, precio y preferencia. Un intérprete experimentado puede, efectivamente, compensar ciertas limitaciones de un instrumento mediante su técnica, control dinámico y capacidad de adaptación; sin embargo, ello no significa que todas las guitarras ofrezcan las mismas posibilidades (o deficiencias) acústicas, ergonómicas o expresivas. En el extremo opuesto se encuentran quienes conceden una importancia considerable a la calidad y al precio elevado del instrumento, no necesariamente por presunción, sino porque consideran que determinadas características constructivas o acústicas de cierto guitarrero renombrado mejorarán su desempeño. Ambas posiciones pueden coexistir sin que una implique necesariamente superioridad moral o artística sobre la otra. Incluso quienes afirman no conceder importancia al precio están, en realidad, realizando una elección basada en otros criterios de valor: funcionalidad, respuesta, comodidad, carácter sonoro, durabilidad o adecuación a su capacidad de compra. En consecuencia, el precio constituye desde mi punto de vista, una variable relevante para todos los consumidores, pero no necesariamente la variable determinante para comprar; lo que cambia entre unos y otros es el peso que atribuyen al precio frente a las demás dimensiones de valor del instrumento.

Esta cuestión adquiere especial relevancia en el caso de la guitarra artesanal, hecha a mano que se vende en "línea", porque se trata de un producto difícil de evaluar objetivamente a distancia antes de adquirirlo. El comprador puede observar en pantalla las maderas, los acabados, las dimensiones y determinados elementos constructivos, pero muchas de las características que realmente determinan su experiencia musical solo pueden conocerse mediante una prueba personal de valoración. La respuesta, el equilibrio, la proyección, la dinámica, el timbre, la comodidad y la relación entre instrumento e intérprete no se reducen a una inspección visual, a un audio o a un video en internet. De ahí que el consumidor necesite desarrollar criterios propios para evaluar aquello que está comprando aun teniendo la guitarra en sus manos. Por ello comprar una guitarra a distancia mediante plataformas digitales, sin haber evaluado previamente el instrumento de forma presencial, siempre será de altísimo riesgo, una adquisición que tiene altas probabilidades de salir mal, independientemente del precio.

Este punto conecta directamente con un problema que ya he señalado al hablar de la formación de los nuevos guitarreros: en la enseñanza de la guitarrería existe una fuerte orientación hacia los procedimientos prácticos, mientras que el conocimiento conceptual y la comprensión integral-funcional del instrumento desde sus fundamentos no siempre reciben la misma atención. Algo semejante puede suceder del lado del consumidor. Un guitarrista puede poseer una formación musical considerable y, sin embargo, carecer de conocimientos suficientes sobre construcción, materiales, acústica, organología y conformación estructural para evaluar críticamente una guitarra. La experiencia interpretativa y el conocimiento de la construcción son campos relacionados, pero no equivalentes. Una gran área de oportunidad para las escuelas de música y conservatorios de todo el país donde se imparta le enseñanza de la guitarra clásica, es justamente que conozcan más a fondo el instrumento que ejecutan, no tan sólo su música, interpretación o técnica.

En términos de comportamiento del consumidor, esta diferencia es fundamental. Cuando un producto es difícil de evaluar directamente (porque no se tiene en las manos), el comprador utiliza señales externas para reducir la incertidumbre. El nombre del constructor, su trayectoria, los intérpretes que utilizan sus instrumentos, los premios obtenidos, el país de procedencia, la apariencia, el precio y las recomendaciones de otros músicos pueden funcionar como indicadores que repercuten en la decisión de compra. El consumidor no necesariamente actúa de manera irracional al utilizarlos; en muchas ocasiones simplemente está intentando tomar una decisión razonable ante un panorama multivariado de información y en ocasiones confuso como es el de la guitarra clásica.

En mi experiencia, muchas opiniones confirman esta situación. Algunos ejecutantes sostienen de forma asertiva que para determinar adecuadamente el valor de una guitarra es necesario haber conocido distintos constructores, materiales y, sobre todo, haber probado muchas guitarras durante un periodo prolongado. Otros advierten que algunos compradores se orientan principalmente por la marca o el nombre del constructor sin conocer suficientemente las diferencias entre materiales, sistemas constructivos y, especialmente, la importancia de la tapa armónica y sus efectos. Esta observación permite formular una cuestión fundamental: ¿hasta qué punto la elección de una guitarra corresponde a una evaluación del instrumento y hasta qué punto corresponde a una evaluación de las “señales” (factores externos) que rodean al instrumento?

Reputación, percepción y responsabilidad del consumidor

La reputación del constructor adquiere así un valor considerable. En el mercado de guitarras existen constructores con décadas de experiencia y una trayectoria reconocida por intérpretes importantes, mientras que otros se encuentran todavía edificando su lugar en el mercado. Las propias opiniones que he recogido con el paso de los años distinguen entre constructores consolidados, cuyo nombre y reputación justifican una determinada línea de precios, los que se descartan por falta de probidad y constructores jóvenes que todavía están buscando posicionarse. En consecuencia, el precio de una guitarra no refleja únicamente materiales y horas de trabajo invertidos: también incorpora, en mayor o menor medida, el capital simbólico acumulado por quien la construye, lo que debiera proporcionar una supuesta seguridad en la adquisición.

Sin embargo, aquí aparece una diferencia importante entre valor real y valor percibido. El hecho de que un constructor tenga una gran reputación no significa automáticamente que cada una de sus guitarras sea superior a cualquier instrumento de un constructor menos conocido. Es muy fácil desacreditar o minimizar el trabajo de otros. Del mismo modo, que una guitarra mexicana tenga un precio inferior al de una extranjera no significa que sea peor. La reputación puede facilitar la decisión, pero no sustituye la evaluación individual del instrumento. Tampoco un instrumento de precio elevado, es necesariamente señal de un nivel o desempeño superior.

Las discusiones entre guitarristas del país muestran precisamente esta tensión. Algunos consideran que existen guitarras mexicanas de excelente calidad y precios competitivos; otros creen que determinados constructores han incrementado sus precios de manera arbitraria y que, con ese mismo presupuesto, preferirían comprar fuera de México porque esperan obtener un mejor instrumento. Esta diversidad de opiniones es importante porque demuestra que no existe una percepción o criterio de calidad único para la guitarrería mexicana.

Me parece prudente efectuar una crítica dirigida al propio consumidor. Hay quienes señalan que existen tanto guitarreros excelentes como casos de precios que consideran excesivos, pero sostienen que parte del problema puede relacionarse con la falta de conocimiento de los propios músicos o ejecutantes. Desde esta perspectiva, algunos compradores no conocen suficientemente los materiales, los modelos, los sistemas de construcción, al constructor en sí, o los diferentes tipos de sonido y, por ello, pueden tener dificultades para distinguir entre propuestas sólidas que seguro subirán de valor y otras que dependen principalmente de la publicidad, mercadotecnia o referencias de terceros.

La consecuencia es relevante: un mercado especializado necesita consumidores especializados. Cuanto mayor sea la capacidad del guitarrista para evaluar una guitarra, menor será su dependencia de señales externas como la etiqueta, el prestigio, las referencias, modas o el país de origen. La educación del comprador se convierte así en un componente de la propia madurez del mercado. En mi opinión el escaso interés de muchos guitarristas por conocer a fondo la organología y características propias del instrumento que ejecutan para diferenciarlas entre distintos niveles de guitarras clásicas, es una gran área de oportunidad.

Estatus, exclusividad, moda e influencia social

Aquí entra en juego el estatus. Una guitarra con precio elevado de un constructor internacionalmente reconocido puede transmitir determinada posición dentro de una comunidad profesional. El propietario puede sentir que posee un instrumento asociado con una tradición, una escuela o un círculo de intérpretes de prestigio, aun cuando no esté convencido de su sonido. Esta dimensión simbólica no debe considerarse necesariamente superficial. Los objetos de alto valor suelen participar en la construcción de identidad y pertenencia. Una guitarra puede decir mucho sobre el intérprete que la posee.

La exclusividad constituye una extensión de este fenómeno. Algunos compradores buscan instrumentos que sean difíciles de conseguir o que posean una historia particular. Haber viajado al extranjero para visitar el taller del constructor, haber adquirido una guitarra directamente de él o poseer un instrumento poco común puede formar parte del valor emocional de la compra o de cierto "esnobismo". En estos casos, la experiencia de adquisición se incorpora al valor del producto.

La moda y las redes sociales intensifican estas dinámicas. Cuando determinados constructores aparecen continuamente asociados con intérpretes reconocidos, festivales, concursos o publicaciones, aumentan su visibilidad y legitimidad. El consumidor puede interpretar esa presencia como una señal de calidad. El problema es que visibilidad y calidad no son variables equivalentes. Una mayor presencia digital puede aumentar la fama sin demostrar por sí misma una superioridad constructiva.

La influencia de docentes o colegas también tiene un peso considerable. Las opiniones recogidas muestran que algunos compradores obtienen inicialmente la orientación de un maestro y, posteriormente, buscan conocimientos por su cuenta hasta desarrollar criterios propios. Este proceso es saludable porque transforma al comprador de receptor pasivo de recomendaciones en consumidor capaz de comparar y decidir por su cuenta. No es secreto para nadie que algunos docentes de guitarra de alguna manera “inducen” a sus alumnos a comprarle específicamente a ciertos guitarreros. Pero al final cada persona deberá ser capaz de discernir.

Aquí aparece una cuestión cultural más delicada: el llamado “malinchismo” en México. Es posible que, en determinados consumidores, exista una predisposición a valorar más favorablemente aquello que procede del extranjero. Sin embargo, utilizar el malinchismo como explicación general sería insuficiente y metodológicamente débil. Si un guitarrista compra fuera porque encuentra mejores condiciones de servicio, calidad, más referencias, una trayectoria que conoce mejor o una guitarra que responde de manera más adecuada a sus necesidades, su decisión no puede considerarse simplemente un rechazo de lo nacional.

También se debe considerar el llamado efecto de anclaje. El consumidor forma sus expectativas a partir de referencias previas. Si durante años ha escuchado que determinadas personas, maderas, ciudades o países producen las mejores guitarras, esas referencias pueden convertirse en un punto de partida para evaluar cualquier instrumento nuevo. Una guitarra mexicana o de constructor desconocido puede llegar a la prueba con una desventaja psicológica antes de que el guitarrista haya escuchado realmente su sonido.

Confianza, prestigio y relación entre precio y calidad

La confianza constituye otro elemento decisivo. El comprador de una guitarra de alto precio necesita confiar en que el constructor cumplirá lo prometido y no mentirá. La calidad del servicio, la claridad de las condiciones de compra, la garantía, la comunicación y la disposición para resolver problemas posteriores forman parte del producto. Una experiencia negativa puede producir un efecto que trasciende al instrumento particular y generar desconfianza hacia otros constructores, lo cual lamentablemente ocurre con bastante frecuencia en nuestro país. El que compra lo barato, sabe también a lo que se expone.

Por ello, no sería correcto estigmatizar exclusivamente al consumidor cuando éste busca en el extranjero. Si algunos guitarristas han tenido malas experiencias con constructores mexicanos -problemas de comunicación, retrasos, falta de seguimiento, inconsistencias entre instrumentos o dificultades con garantías- esas experiencias forman parte legítimamente de su percepción del mercado. Una persona que ha tenido una experiencia negativa no tiene obligación de asumir nuevamente el mismo riesgo simplemente por razones de nacionalidad.

Al mismo tiempo, tampoco sería correcto concluir que la producción extranjera es intrínsecamente superior. Es común que existan reconocimientos a constructores mexicanos capaces de producir instrumentos excelentes, desde modelos sencillos hasta guitarras de concierto, y a precios considerados competitivos. Esto obliga a distinguir entre la calidad de determinados instrumentos y la reputación general que el mercado atribuye a un país.

Esta situación se vuelve especialmente problemática cuando el consumidor confunde precio, prestigio y calidad. Un instrumento más caro no necesariamente es mejor. Un constructor más famoso no necesariamente produce el mejor instrumento para cada intérprete. Una guitarra extranjera no necesariamente es superior a una mexicana. Y una guitarra mexicana de precio elevado no necesariamente está sobrevalorada. Cada afirmación necesita ser contrastada con el instrumento concreto y con las necesidades del músico. Claro está, para ello se requiere estar bien informado.

Por eso resulta especialmente pertinente la observación de que el valor termina siendo determinado, en cierta medida, por el consumidor cuando acepta pagar el precio solicitado. Desde la perspectiva económica, el precio no es simplemente una propiedad objetiva del instrumento: es el resultado de una interacción entre oferta, demanda, disposición a pagar, escasez y percepción de valor. 

Esto permite comprender por qué puede existir una guitarra técnicamente excelente cuyo precio no sea aceptado por el mercado. La excelencia constructiva y la disposición a pagar no son equivalentes. El constructor puede considerar que su trabajo justifica determinado precio, pero el comprador solo aceptará ese precio si percibe suficientes beneficios para justificarlo frente a las alternativas disponibles.

Hacia un mercado más informado y profesional

El desafío para mejorar las ventas, entonces, no consiste simplemente en reducir los precios de las guitarras mexicanas. Competir exclusivamente mediante precio sería una estrategia insuficiente y posiblemente contraproducente. La competencia y la mejora continua debería producirse mediante una propuesta de valor integral: calidad acústica, calidad constructiva, consistencia, materiales adecuados, transparencia, información, servicio, garantía, comunicación, reputación, probidad y capacidad de demostrar aquello que hace diferente a cada instrumento.

También es necesario reconsiderar la relación entre constructor y comprador. Una función importante del guitarrero debiera incluir “orientar” al cliente, explicar las características del instrumento y ayudarlo a determinar si realmente corresponde a sus necesidades. No tergiversar con estrategias de venta sino guiar.

Del otro lado, el guitarrista también tiene una responsabilidad. Debe desarrollar la capacidad de escuchar, comparar, preguntar, aprender, liberarse de prejuicios y desarrollar un criterio propio. Necesita conocer progresivamente los materiales, las diferencias entre sistemas constructivos, los objetivos acústicos, las ventajas y desventajas de cada modelo y los criterios que permiten evaluar una guitarra. No se trata de convertir a cada músico en un “consultor de laudería”, sino de evitar que una compra importante dependa exclusivamente de la publicidad, el prestigio o la opinión de terceros.

Este punto conecta nuevamente con el problema de la formación. La educación del guitarrista no debería terminar en la técnica interpretativa. Comprender el instrumento que utiliza y su valoración debiera formar parte de su desarrollo profesional. De la misma manera que un intérprete aprende sobre repertorio, técnica, historia y estética, adquirir conocimientos básicos sobre construcción, acústica y mercado de guitarras puede permitirle tomar mejores decisiones respecto de su herramienta de trabajo.

El resultado brindaría transacciones más transparentes. Un guitarrista mejor informado podría evaluar con mayor independencia una guitarra mexicana frente a una extranjera. Un constructor mejor preparado podría comunicar con mayor precisión el valor de su trabajo. Y ambos tendrían menos necesidad de recurrir a prejuicios, nombres o argumentos comerciales como sustitutos del conocimiento. CONTINUARÁ...


ENGLISH:

Price, Quality, and Value in the Classical Guitar Market (Part II)

By Jorge Lay Herrera: Guitar Maker – Researcher – Author.


Part 2

Misinformation and Myths Surrounding the Classical Guitar and Its Value

The lack of rigorous information about the guitar is not limited to students; it can also be found among professional guitarists with extensive performance experience. Specialized knowledge of performance does not necessarily imply an equivalent command of acoustics, materials, construction systems, or the technical criteria required to objectively evaluate a classical guitar, much less to assign it a price. In this context, certain myths, orally transmitted beliefs, and what might be described as “urban legends” of guitar making can acquire an appearance of truth simply through repetition within the community. This can lead to generalizations -for example, concerning certain woods, construction techniques, sounds, or supposed qualities of particular instruments- that are not always supported by sufficient evidence. The problem is not the existence of different opinions, which are legitimate in such a complex field, but rather when an opinion comes to be presented as a superior possibility without having been properly tested. This situation makes it easier for some guitarists to discredit builders or instruments on the basis of impressions, prejudices, or inherited assertions, without having sufficient acoustic, structural, or comparative arguments to support their judgments. A more mature market therefore requires even professionals to acquire greater knowledge of the organology of the instrument and to develop a critical attitude toward their own certainties, distinguishing between personal experience, tradition, opinion, and technically grounded knowledge of the classical guitar.

There is also a recurring position among certain performers who maintain that “a good guitarist can make any classical guitar sound good, regardless of its price or origin.” This statement may contain an element of truth from the perspective of the performer’s technical competence, but it is insufficient to explain the entire relationship between musician, instrument, price, and preference. An experienced performer can indeed compensate for certain limitations of an instrument through technique, dynamic control, and adaptability; however, this does not mean that all guitars offer the same acoustic, ergonomic, or expressive possibilities (or deficiencies). At the opposite end are those who attach considerable importance to the quality and high price of an instrument, not necessarily out of pretension, but because they believe that certain construction or acoustic characteristics of a renowned guitar maker will improve their performance. Both positions can coexist without either necessarily implying moral or artistic superiority over the other. Even those who claim not to attach importance to price are, in reality, making a choice based on other criteria of value: functionality, response, comfort, tonal character, durability, or suitability to their purchasing capacity. Consequently, from my point of view, price is a relevant variable for all consumers, but it is not necessarily the determining variable in a purchase; what changes from one person to another is the weight assigned to price in relation to the other dimensions of value offered by the instrument.

This issue becomes particularly relevant in the case of handmade, artisan guitars sold online, because they are products that are difficult to evaluate objectively from a distance before purchasing them. The buyer can observe the woods, finishes, dimensions, and certain construction elements on a screen, but many of the characteristics that actually determine the musical experience can only be known through personal evaluation and direct testing. Response, balance, projection, dynamics, tone, comfort, and the relationship between instrument and performer cannot be reduced to a visual inspection, an audio recording, or a video on the internet. Therefore, consumers need to develop their own criteria for evaluating what they are buying, even when they have the guitar physically in their hands. For this reason, purchasing a guitar remotely through digital platforms without having previously evaluated the instrument in person will always involve an extremely high level of risk and carries a considerable probability of an unsatisfactory outcome, regardless of its price.

This point connects directly with a problem I have already identified when discussing the training of new guitar makers: in guitar-making education, there is a strong emphasis on practical procedures, while conceptual knowledge and a comprehensive functional understanding of the instrument from its foundations do not always receive the same attention. Something similar can occur on the consumer side. A guitarist may possess considerable musical training and yet lack sufficient knowledge of construction, materials, acoustics, organology, and structural design to critically evaluate a guitar. Performance experience and knowledge of construction are related fields, but they are not equivalent. A major area of opportunity for music schools and conservatories throughout the country where classical guitar is taught is precisely to develop a deeper understanding of the instrument they play, rather than focusing exclusively on its music, interpretation, or technique.

In terms of consumer behavior, this distinction is fundamental. When a product is difficult to evaluate directly because it cannot be physically examined or played, the buyer uses external signals to reduce uncertainty. The name of the builder, his or her professional trajectory, the performers who use their instruments, awards received, country of origin, appearance, price, and recommendations from other musicians can all function as indicators that influence the purchasing decision. The consumer is not necessarily acting irrationally by using these signals; in many cases, he or she is simply attempting to make a reasonable decision in the face of a multivariate and sometimes confusing information environment such as that surrounding the classical guitar.

In my experience, many opinions confirm this situation. Some performers assert that in order to properly determine the value of a guitar, it is necessary to have become familiar with different builders and materials and, above all, to have played many guitars over an extended period of time. Others point out that some buyers are guided primarily by the brand or the builder’s name without sufficiently understanding the differences between materials, construction systems, and, particularly, the importance of the soundboard and its effects. This observation allows us to formulate a fundamental question: to what extent does the choice of a guitar correspond to an evaluation of the instrument itself, and to what extent does it correspond to an evaluation of the “signals” or external factors surrounding the instrument?

Reputation, Perception, and Consumer Responsibility

The reputation of the builder thus acquires considerable value. In the guitar market there are builders with decades of experience and a reputation recognized by important performers, while others are still establishing their position in the market. The opinions I have gathered over the years distinguish between established builders, whose name and reputation justify a certain price range; those who are rejected because of a lack of integrity; and young builders who are still seeking to establish themselves. Consequently, the price of a guitar reflects not only the materials and hours of work invested in it: it also incorporates, to a greater or lesser extent, the symbolic capital accumulated by the person who builds it, which should presumably provide a certain degree of security in the purchase.

However, an important distinction arises here between real value and perceived value. The fact that a builder has a strong reputation does not automatically mean that every guitar produced by that builder is superior to every instrument made by a less well-known builder. It is very easy to discredit or minimize the work of others. Likewise, the fact that a Mexican guitar has a lower price than a foreign guitar does not mean that it is inferior. Reputation can facilitate a purchasing decision, but it cannot replace the individual evaluation of the instrument. Nor is a high-priced instrument necessarily evidence of superior quality or performance.

Discussions among guitarists in the country reveal precisely this tension. Some believe that Mexico produces excellent guitars at competitive prices; others believe that certain builders have increased their prices arbitrarily and that, with the same budget, they would prefer to buy outside Mexico because they expect to obtain a better instrument. This diversity of opinions is important because it demonstrates that there is no single perception or criterion of quality regarding Mexican guitar making.

I believe it is appropriate to direct some criticism toward the consumer himself or herself. Some people point out that there are both excellent guitar makers and cases in which prices are considered excessive, but they also maintain that part of the problem may be related to the lack of knowledge among musicians and performers themselves. From this perspective, some buyers do not know enough about materials, models, construction systems, the builder himself or herself, or the different types of sound and, as a result, may have difficulty distinguishing between solid proposals that are likely to increase in value and others that depend primarily on advertising, marketing, or third-party recommendations.

The consequence is significant: a specialized market needs specialized consumers. The greater a guitarist’s ability to evaluate a guitar, the less dependent he or she will be on external signals such as labels, prestige, recommendations, trends, or country of origin. Consumer education therefore becomes a component of the market’s own maturity. In my opinion, the limited interest shown by many guitarists in gaining an in-depth understanding of the organology and specific characteristics of the instrument they play, in order to distinguish between different levels of classical guitars, represents a major area of opportunity.

Status, Exclusivity, Fashion, and Social Influence

Status also comes into play here. A high-priced guitar made by an internationally recognized builder can convey a particular position within a professional community. The owner may feel that he or she possesses an instrument associated with a tradition, a school, or a circle of prestigious performers, even without being fully convinced by its sound. This symbolic dimension should not necessarily be regarded as superficial. High-value objects often participate in the construction of identity and belonging. A guitar can say a great deal about the performer who owns it.

Exclusivity constitutes an extension of this phenomenon. Some buyers seek instruments that are difficult to obtain or that possess a particular history. Having traveled abroad to visit a builder’s workshop, having purchased a guitar directly from the builder, or owning an uncommon instrument can form part of the emotional value of the purchase or of a certain degree of “snobbery.” In such cases, the purchasing experience becomes part of the value of the product.

Fashion and social media intensify these dynamics. When certain builders are continually associated with recognized performers, festivals, competitions, or publications, their visibility and legitimacy increase. Consumers may interpret this presence as a signal of quality. The problem is that visibility and quality are not equivalent variables. Greater digital presence can increase fame without demonstrating, in itself, superior construction or sound.

The influence of teachers or colleagues also carries considerable weight. The opinions I have collected indicate that some buyers initially seek guidance from a teacher and subsequently pursue knowledge on their own until they develop their own criteria. This process is healthy because it transforms the buyer from a passive recipient of recommendations into a consumer capable of comparing and making decisions independently. It is no secret that some guitar teachers, in one way or another, “induce” their students to purchase instruments specifically from certain guitar makers. Ultimately, however, each individual should be capable of exercising his or her own judgment.

Here we encounter a more delicate cultural issue: the so-called “Malinchismo” phenomenon in Mexico. It is possible that, among certain consumers, there is a predisposition to value more favorably products originating abroad. However, using any kind of Malinchismo as a general explanation would be insufficient and methodologically weak. If a guitarist purchases abroad because he or she finds better service conditions, higher quality, more references, a trajectory that is better known, or a guitar that responds more appropriately to personal needs, the decision cannot simply be regarded as a rejection of domestic products.

The so-called anchoring effect should also be considered. Consumers form expectations based on previous references. If, for years, they have heard that certain people, woods, cities, or countries produce the best guitars, these references can become a starting point for evaluating any new instrument. A Mexican guitar or one made by an unknown builder may therefore enter a test with a psychological disadvantage, before the guitarist has actually heard its sound.

Trust, Prestige, and the Relationship Between Price and Quality

Trust constitutes another decisive element. The buyer of a high-priced guitar needs to trust that the builder will fulfill what has been promised and will not misrepresent the product. The quality of service, clarity of purchasing conditions, warranty, communication, and willingness to resolve subsequent problems all form part of the product. A negative experience can have an effect that extends beyond the individual instrument and generate distrust toward other builders, something that unfortunately occurs with considerable frequency in our country. Those who buy inexpensive instruments also know the risks to which they are exposing themselves.

Therefore, it would not be correct to stigmatize consumers exclusively when they choose to buy abroad. If some guitarists have had negative experiences with Mexican builders -communication problems, delays, lack of follow-up, inconsistencies between instruments, or difficulties with warranties- those experiences legitimately form part of their perception of the market. A person who has had a negative experience is not obligated to assume the same risk again simply for reasons of nationality.

At the same time, it would also be incorrect to conclude that foreign production is inherently superior. There is frequent recognition of Mexican builders capable of producing excellent instruments, from simple models to concert guitars, and at prices considered competitive. This requires us to distinguish between the quality of particular instruments and the general reputation that the market attributes to a country.

This situation becomes particularly problematic when consumers confuse price, prestige, and quality. A more expensive instrument is not necessarily better. A more famous builder does not necessarily produce the best instrument for every performer. A foreign guitar is not necessarily superior to a Mexican one. And a high-priced Mexican guitar is not necessarily overpriced. Each assertion needs to be tested against the specific instrument and the needs of the musician. Naturally, this requires being well informed.

This is why the observation that value is ultimately determined, to some extent, by the consumer when he or she agrees to pay the requested price is particularly relevant. From an economic perspective, price is not simply an objective property of the instrument: it is the result of an interaction among supply, demand, willingness to pay, scarcity, and perceived value.

This helps explain why a technically excellent guitar may not command acceptance of its price in the market. Construction excellence and willingness to pay are not equivalent. The builder may consider that the work justifies a particular price, but the buyer will accept that price only if he or she perceives sufficient benefits to justify it in comparison with the alternatives available.

Toward a More Informed and Professional Market

The challenge of improving sales, therefore, does not consist simply to reduce the prices of Mexican guitars. Competing exclusively through price would be an insufficient and potentially counterproductive strategy. Competition and continuous improvement should instead be based on an integrated value proposition: acoustic quality, construction quality, consistency, appropriate materials, transparency, information, service, warranty, communication, reputation, integrity, and the ability to demonstrate what makes each instrument different.

It is also necessary to reconsider the relationship between builder and buyer. An important function of the guitar maker should be to “guide” the customer, explain the characteristics of the instrument, and help determine whether it actually corresponds to the customer’s needs. The objective should not be to distort information through sales strategies, but rather to guide the buyer.

On the other hand, the guitarist also has a responsibility. He or she must develop the ability to listen, compare, ask questions, learn, free oneself from prejudices, and develop independent criteria. The guitarist needs to progressively understand materials, differences between construction systems, acoustic objectives, the advantages and disadvantages of each model, and the criteria that allow a guitar to be evaluated. The goal is not to turn every musician into a “guitar-making consultant,” but rather to prevent an important purchase from depending exclusively on advertising, prestige, or the opinions of third parties.

This point connects once again with the problem of education. The education of the guitarist should not end with performance technique. Understanding the instrument being used and how it is valued should form part of professional development. In the same way that a performer learns about repertoire, technique, history, and aesthetics, acquiring basic knowledge of guitar construction, acoustics, and the classical guitar market can enable him or her to make better decisions regarding this essential working tool.

The result would be more transparent transactions. A better-informed guitarist could evaluate a Mexican guitar against a foreign one with greater independence. A better-prepared builder could communicate the value of his or her work with greater precision. And both would have less need to rely on prejudices, names, or commercial arguments as substitutes for knowledge.

TO BE CONTINUED...


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