Precio, calidad y valor en el mercado de la guitarra clásica II
Precio, calidad y valor en el mercado de la guitarra clásica (Parte II)
Por Jorge Lay Herrera: constructor de guitarras - investigador - autor.
Desinformación y mitos en torno a la guitarra clásica y su valor
La falta de información rigurosa sobre la guitarra no se limita a los estudiantes; también puede encontrarse entre guitarristas profesionales con amplia experiencia interpretativa. El conocimiento especializado de la ejecución no implica necesariamente un dominio equivalente de la acústica, los materiales, los sistemas constructivos o los criterios técnicos que permiten evaluar objetivamente una guitarra clásica y menos para asignar un precio. En este contexto, determinados mitos, creencias transmitidas oralmente y lo que podría denominarse “leyendas urbanas” de la guitarrería pueden adquirir una apariencia de verdad simplemente por su repetición dentro de la comunidad. Esto puede conducir a generalizaciones -por ejemplo, sobre determinadas maderas, técnicas constructivas, sonidos o supuestas cualidades de ciertos instrumentos- que no siempre están respaldadas por evidencia suficiente. El problema no es la existencia de opiniones diferentes, que son legítimas en un campo tan complejo, sino que una opinión termine presentándose como una posibilidad superior sin haber sido contrastada. Esta situación facilita que algunos guitarristas descalifiquen a constructores o instrumentos a partir de impresiones, prejuicios o afirmaciones heredadas, sin disponer de argumentos acústicos, constructivos o comparativos suficientes para sustentar sus juicios. Un mercado más maduro requiere, por tanto, que incluso los profesionales se capaciten en torno a la organología del instrumento y desarrollen una actitud crítica frente a sus propias certezas y distingan entre experiencia personal, tradición, opinión y conocimiento técnicamente fundamentado sobre la guitarra clásica.
Existe, asimismo, una posición recurrente entre determinados ejecutantes que sostienen que “un buen guitarrista puede hacer sonar cualquier guitarra clásica, independientemente de su precio o procedencia”. Esta afirmación puede contener una parte de verdad desde la perspectiva de la competencia técnica del intérprete, pero resulta insuficiente para explicar la totalidad de la relación entre músico, instrumento, precio y preferencia. Un intérprete experimentado puede, efectivamente, compensar ciertas limitaciones de un instrumento mediante su técnica, control dinámico y capacidad de adaptación; sin embargo, ello no significa que todas las guitarras ofrezcan las mismas posibilidades (o deficiencias) acústicas, ergonómicas o expresivas. En el extremo opuesto se encuentran quienes conceden una importancia considerable a la calidad y al precio elevado del instrumento, no necesariamente por presunción, sino porque consideran que determinadas características constructivas o acústicas de cierto guitarrero renombrado mejorarán su desempeño. Ambas posiciones pueden coexistir sin que una implique necesariamente superioridad moral o artística sobre la otra. Incluso quienes afirman no conceder importancia al precio están, en realidad, realizando una elección basada en otros criterios de valor: funcionalidad, respuesta, comodidad, carácter sonoro, durabilidad o adecuación a su capacidad de compra. En consecuencia, el precio constituye desde mi punto de vista, una variable relevante para todos los consumidores, pero no necesariamente la variable determinante para comprar; lo que cambia entre unos y otros es el peso que atribuyen al precio frente a las demás dimensiones de valor del instrumento.
Esta cuestión adquiere especial relevancia en el caso de la guitarra artesanal, hecha a mano que se vende en "línea", porque se trata de un producto difícil de evaluar objetivamente a distancia antes de adquirirlo. El comprador puede observar en pantalla las maderas, los acabados, las dimensiones y determinados elementos constructivos, pero muchas de las características que realmente determinan su experiencia musical solo pueden conocerse mediante una prueba personal de valoración. La respuesta, el equilibrio, la proyección, la dinámica, el timbre, la comodidad y la relación entre instrumento e intérprete no se reducen a una inspección visual, a un audio o a un video en internet. De ahí que el consumidor necesite desarrollar criterios propios para evaluar aquello que está comprando aun teniendo la guitarra en sus manos. Por ello comprar una guitarra a distancia mediante plataformas digitales, sin haber evaluado previamente el instrumento de forma presencial, siempre será de altísimo riesgo, una adquisición que tiene altas probabilidades de salir mal, independientemente del precio.
Este punto conecta directamente con un problema que ya he señalado al hablar de la formación de los nuevos guitarreros: en la enseñanza de la guitarrería existe una fuerte orientación hacia los procedimientos prácticos, mientras que el conocimiento conceptual y la comprensión integral-funcional del instrumento desde sus fundamentos no siempre reciben la misma atención. Algo semejante puede suceder del lado del consumidor. Un guitarrista puede poseer una formación musical considerable y, sin embargo, carecer de conocimientos suficientes sobre construcción, materiales, acústica, organología y conformación estructural para evaluar críticamente una guitarra. La experiencia interpretativa y el conocimiento de la construcción son campos relacionados, pero no equivalentes. Una gran área de oportunidad para las escuelas de música y conservatorios de todo el país donde se imparta le enseñanza de la guitarra clásica, es justamente que conozcan más a fondo el instrumento que ejecutan, no tan sólo su música, interpretación o técnica.
En términos de comportamiento del consumidor, esta diferencia es fundamental. Cuando un producto es difícil de evaluar directamente (porque no se tiene en las manos), el comprador utiliza señales externas para reducir la incertidumbre. El nombre del constructor, su trayectoria, los intérpretes que utilizan sus instrumentos, los premios obtenidos, el país de procedencia, la apariencia, el precio y las recomendaciones de otros músicos pueden funcionar como indicadores que repercuten en la decisión de compra. El consumidor no necesariamente actúa de manera irracional al utilizarlos; en muchas ocasiones simplemente está intentando tomar una decisión razonable ante un panorama multivariado de información y en ocasiones confuso como es el de la guitarra clásica.
En mi experiencia, muchas opiniones confirman esta situación. Algunos ejecutantes sostienen de forma asertiva que para determinar adecuadamente el valor de una guitarra es necesario haber conocido distintos constructores, materiales y, sobre todo, haber probado muchas guitarras durante un periodo prolongado. Otros advierten que algunos compradores se orientan principalmente por la marca o el nombre del constructor sin conocer suficientemente las diferencias entre materiales, sistemas constructivos y, especialmente, la importancia de la tapa armónica y sus efectos. Esta observación permite formular una cuestión fundamental: ¿hasta qué punto la elección de una guitarra corresponde a una evaluación del instrumento y hasta qué punto corresponde a una evaluación de las “señales” (factores externos) que rodean al instrumento?
Reputación, percepción y responsabilidad del consumidor
La reputación del constructor adquiere así un valor considerable. En el mercado de guitarras existen constructores con décadas de experiencia y una trayectoria reconocida por intérpretes importantes, mientras que otros se encuentran todavía edificando su lugar en el mercado. Las propias opiniones que he recogido con el paso de los años distinguen entre constructores consolidados, cuyo nombre y reputación justifican una determinada línea de precios, los que se descartan por falta de probidad y constructores jóvenes que todavía están buscando posicionarse. En consecuencia, el precio de una guitarra no refleja únicamente materiales y horas de trabajo invertidos: también incorpora, en mayor o menor medida, el capital simbólico acumulado por quien la construye, lo que debiera proporcionar una supuesta seguridad en la adquisición.
Sin embargo, aquí aparece una diferencia importante entre valor real y valor percibido. El hecho de que un constructor tenga una gran reputación no significa automáticamente que cada una de sus guitarras sea superior a cualquier instrumento de un constructor menos conocido. Es muy fácil desacreditar o minimizar el trabajo de otros. Del mismo modo, que una guitarra mexicana tenga un precio inferior al de una extranjera no significa que sea peor. La reputación puede facilitar la decisión, pero no sustituye la evaluación individual del instrumento. Tampoco un instrumento de precio elevado, es necesariamente señal de un nivel o desempeño superior.
Las discusiones entre guitarristas del país muestran precisamente esta tensión. Algunos consideran que existen guitarras mexicanas de excelente calidad y precios competitivos; otros creen que determinados constructores han incrementado sus precios de manera arbitraria y que, con ese mismo presupuesto, preferirían comprar fuera de México porque esperan obtener un mejor instrumento. Esta diversidad de opiniones es importante porque demuestra que no existe una percepción o criterio de calidad único para la guitarrería mexicana.
Me parece prudente efectuar una crítica dirigida al propio consumidor. Hay quienes señalan que existen tanto guitarreros excelentes como casos de precios que consideran excesivos, pero sostienen que parte del problema puede relacionarse con la falta de conocimiento de los propios músicos o ejecutantes. Desde esta perspectiva, algunos compradores no conocen suficientemente los materiales, los modelos, los sistemas de construcción, al constructor en sí, o los diferentes tipos de sonido y, por ello, pueden tener dificultades para distinguir entre propuestas sólidas que seguro subirán de valor y otras que dependen principalmente de la publicidad, mercadotecnia o referencias de terceros.
La consecuencia es relevante: un mercado especializado necesita consumidores especializados. Cuanto mayor sea la capacidad del guitarrista para evaluar una guitarra, menor será su dependencia de señales externas como la etiqueta, el prestigio, las referencias, modas o el país de origen. La educación del comprador se convierte así en un componente de la propia madurez del mercado. En mi opinión el escaso interés de muchos guitarristas por conocer a fondo la organología y características propias del instrumento que ejecutan para diferenciarlas entre distintos niveles de guitarras clásicas, es una gran área de oportunidad.
Estatus, exclusividad, moda e influencia social
Aquí entra en juego el estatus. Una guitarra con precio elevado de un constructor internacionalmente reconocido puede transmitir determinada posición dentro de una comunidad profesional. El propietario puede sentir que posee un instrumento asociado con una tradición, una escuela o un círculo de intérpretes de prestigio, aun cuando no esté convencido de su sonido. Esta dimensión simbólica no debe considerarse necesariamente superficial. Los objetos de alto valor suelen participar en la construcción de identidad y pertenencia. Una guitarra puede decir mucho sobre el intérprete que la posee.
La exclusividad constituye una extensión de este fenómeno. Algunos compradores buscan instrumentos que sean difíciles de conseguir o que posean una historia particular. Haber viajado al extranjero para visitar el taller del constructor, haber adquirido una guitarra directamente de él o poseer un instrumento poco común puede formar parte del valor emocional de la compra o de cierto "esnobismo". En estos casos, la experiencia de adquisición se incorpora al valor del producto.
La moda y las redes sociales intensifican estas dinámicas. Cuando determinados constructores aparecen continuamente asociados con intérpretes reconocidos, festivales, concursos o publicaciones, aumentan su visibilidad y legitimidad. El consumidor puede interpretar esa presencia como una señal de calidad. El problema es que visibilidad y calidad no son variables equivalentes. Una mayor presencia digital puede aumentar la fama sin demostrar por sí misma una superioridad constructiva.
La influencia de docentes o colegas también tiene un peso considerable. Las opiniones recogidas muestran que algunos compradores obtienen inicialmente la orientación de un maestro y, posteriormente, buscan conocimientos por su cuenta hasta desarrollar criterios propios. Este proceso es saludable porque transforma al comprador de receptor pasivo de recomendaciones en consumidor capaz de comparar y decidir por su cuenta. No es secreto para nadie que algunos docentes de guitarra de alguna manera “inducen” a sus alumnos a comprarle específicamente a ciertos guitarreros. Pero al final cada persona deberá ser capaz de discernir.
Aquí aparece una cuestión cultural más delicada: el llamado “malinchismo” en México. Es posible que, en determinados consumidores, exista una predisposición a valorar más favorablemente aquello que procede del extranjero. Sin embargo, utilizar el malinchismo como explicación general sería insuficiente y metodológicamente débil. Si un guitarrista compra fuera porque encuentra mejores condiciones de servicio, calidad, más referencias, una trayectoria que conoce mejor o una guitarra que responde de manera más adecuada a sus necesidades, su decisión no puede considerarse simplemente un rechazo de lo nacional.
También se debe considerar el llamado efecto de anclaje. El consumidor forma sus expectativas a partir de referencias previas. Si durante años ha escuchado que determinadas personas, maderas, ciudades o países producen las mejores guitarras, esas referencias pueden convertirse en un punto de partida para evaluar cualquier instrumento nuevo. Una guitarra mexicana o de constructor desconocido puede llegar a la prueba con una desventaja psicológica antes de que el guitarrista haya escuchado realmente su sonido.
Confianza, prestigio y relación entre precio y calidad
La confianza constituye otro elemento decisivo. El comprador de una guitarra de alto precio necesita confiar en que el constructor cumplirá lo prometido y no mentirá. La calidad del servicio, la claridad de las condiciones de compra, la garantía, la comunicación y la disposición para resolver problemas posteriores forman parte del producto. Una experiencia negativa puede producir un efecto que trasciende al instrumento particular y generar desconfianza hacia otros constructores, lo cual lamentablemente ocurre con bastante frecuencia en nuestro país. El que compra lo barato, sabe también a lo que se expone.
Por ello, no sería correcto estigmatizar exclusivamente al consumidor cuando éste busca en el extranjero. Si algunos guitarristas han tenido malas experiencias con constructores mexicanos -problemas de comunicación, retrasos, falta de seguimiento, inconsistencias entre instrumentos o dificultades con garantías- esas experiencias forman parte legítimamente de su percepción del mercado. Una persona que ha tenido una experiencia negativa no tiene obligación de asumir nuevamente el mismo riesgo simplemente por razones de nacionalidad.
Al mismo tiempo, tampoco sería correcto concluir que la producción extranjera es intrínsecamente superior. Es común que existan reconocimientos a constructores mexicanos capaces de producir instrumentos excelentes, desde modelos sencillos hasta guitarras de concierto, y a precios considerados competitivos. Esto obliga a distinguir entre la calidad de determinados instrumentos y la reputación general que el mercado atribuye a un país.
Esta situación se vuelve especialmente problemática cuando el consumidor confunde precio, prestigio y calidad. Un instrumento más caro no necesariamente es mejor. Un constructor más famoso no necesariamente produce el mejor instrumento para cada intérprete. Una guitarra extranjera no necesariamente es superior a una mexicana. Y una guitarra mexicana de precio elevado no necesariamente está sobrevalorada. Cada afirmación necesita ser contrastada con el instrumento concreto y con las necesidades del músico. Claro está, para ello se requiere estar bien informado.
Por eso resulta especialmente pertinente la observación de que el valor termina siendo determinado, en cierta medida, por el consumidor cuando acepta pagar el precio solicitado. Desde la perspectiva económica, el precio no es simplemente una propiedad objetiva del instrumento: es el resultado de una interacción entre oferta, demanda, disposición a pagar, escasez y percepción de valor.
Esto permite comprender por qué puede existir una guitarra técnicamente excelente cuyo precio no sea aceptado por el mercado. La excelencia constructiva y la disposición a pagar no son equivalentes. El constructor puede considerar que su trabajo justifica determinado precio, pero el comprador solo aceptará ese precio si percibe suficientes beneficios para justificarlo frente a las alternativas disponibles.
Hacia un mercado más informado y profesional
El desafío para mejorar las ventas, entonces, no consiste simplemente en reducir los precios de las guitarras mexicanas. Competir exclusivamente mediante precio sería una estrategia insuficiente y posiblemente contraproducente. La competencia y la mejora continua debería producirse mediante una propuesta de valor integral: calidad acústica, calidad constructiva, consistencia, materiales adecuados, transparencia, información, servicio, garantía, comunicación, reputación, probidad y capacidad de demostrar aquello que hace diferente a cada instrumento.
También es necesario reconsiderar la relación entre constructor y comprador. Una función importante del guitarrero debiera incluir “orientar” al cliente, explicar las características del instrumento y ayudarlo a determinar si realmente corresponde a sus necesidades. No tergiversar con estrategias de venta sino guiar.
Del otro lado, el guitarrista también tiene una responsabilidad. Debe desarrollar la capacidad de escuchar, comparar, preguntar, aprender, liberarse de prejuicios y desarrollar un criterio propio. Necesita conocer progresivamente los materiales, las diferencias entre sistemas constructivos, los objetivos acústicos, las ventajas y desventajas de cada modelo y los criterios que permiten evaluar una guitarra. No se trata de convertir a cada músico en un “consultor de laudería”, sino de evitar que una compra importante dependa exclusivamente de la publicidad, el prestigio o la opinión de terceros.
Este punto conecta nuevamente con el problema de la formación. La educación del guitarrista no debería terminar en la técnica interpretativa. Comprender el instrumento que utiliza y su valoración debiera formar parte de su desarrollo profesional. De la misma manera que un intérprete aprende sobre repertorio, técnica, historia y estética, adquirir conocimientos básicos sobre construcción, acústica y mercado de guitarras puede permitirle tomar mejores decisiones respecto de su herramienta de trabajo.
El resultado brindaría transacciones más transparentes. Un guitarrista mejor informado podría evaluar con mayor independencia una guitarra mexicana frente a una extranjera. Un constructor mejor preparado podría comunicar con mayor precisión el valor de su trabajo. Y ambos tendrían menos necesidad de recurrir a prejuicios, nombres o argumentos comerciales como sustitutos del conocimiento. CONTINUARÁ...

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